Te recuerdo, Jana

Jana Gallardo. Apenas la conozco y doy por seguro que ella no se acuerda de mí pero, diez años después de conocerla, sé que jamás podré olvidar ese nombre. Yo había terminado la carrera de Periodismo hacía un año y me esforzaba a duras penas por demostrar a mis jefes que lo mío era auténtica vocación. Había encontrado mi primer trabajo en un semanal juvenil llamado Gaceta Universitaria, que se repartía en los campus de todo el país y que entonces pertenecía a uno de los grupos de comunicación más importantes del panorama nacional. La mayoría de la plantilla éramos gente joven, ilusionada con nuestro trabajo y con la sensación de que teníamos por delante un montón de buenas historias que contar. No nos importaba que nos pagaran una miseria, echar más horas extras que laborables (algunos días llegábamos a trabajar catorce o quince seguidas) o que tu jefe sólo te llamara al despacho para quejarse de una exclusiva que había publicado El País y no tú.

El día que conocí a Jana Gallardo, la radio despertador se activó a la hora de siempre: las ocho de la mañana. Todavía entre sueños, oí como Iñaki Gabilondo informaba en la Ser de que dos trenes habían explotado en las inmediaciones de la Estación de Atocha. Se desconocía si había muertos o si había sido un atentado terrorista. Era el 11 de marzo del año 2004.

Ese jueves era día de cierre en Gaceta Universitaria. Cuando llegué a la redacción, encontré a mis compañeros cuchicheando sobre el tema con cierto morbo. Yo, que llegaba con el corazón encogido y un extraño sentimiento de pérdida, no podía comprenderlo. Con el tiempo, he descubierto que aquella reacción es habitual en mi gremio. Que los periodistas estamos hechos de la misma pasta que vuestra vecina del segundo. Y que nos va el cotilleo más que a un tonto un lápiz. “Reunión en diez minutos”, gritó el director. “Localizad a los universitarios que viajasen en esos trenes. No serán muchos, porque hoy había huelga de estudiantes. ¡Os quiero a todos llamando como locos a todos los campus de Madrid! Nos volvemos a reunir en dos horas”, dijo. Transcurrido ese tiempo, habíamos conseguido compilar en una lista los nombres y apellidos de buena parte de los alumnos que esa mañana habían estado en los trenes. “Ahora hay que ver qué ha pasado con cada uno de ellos. Quiero que averigüéis la historia de todos, ¡con foto!. Buscaos la vida. Abrimos la revista con un homenaje a las víctimas universitarias del atentado”.

La mitad de la redacción fue a Ifema, la otra mitad recorrió los hospitales de Madrid. Mi misión era encontrar a una estudiante de primero de INEF que, según nos dijeron en la Politécnica de Madrid, estaba ingresada en el Hospital Clínico San Carlos. “¿Dónde va señorita?”, me espetó un guardia de seguridad cuando llegué a la puerta del hospital. “Soy familiar de Jana Gallardo, viajaba en uno de los trenes”, me oí responder. “Esta bien, suba a la segunda planta. Están todos allí”.

La sala de espera estaba atestada de familiares. Algunos seguían con el susto en el cuerpo, otros lloraban desconsoladamente y enjugaban sus lágrimas en cualquier tela. “Todo va a salir bien, Teresa. Que no te oiga llorar la chica”. Los niños se entretenían como buenamente podían y permanecían sentados en sus sillas, esperando pacientemente hasta que curasen a sus hermanos mayores. “Familiares de Jana Gallardo”, dije. “Perdonen, estoy buscando a los familiares de Jana Gallardo, ¿los conoce?”. “Familiares de Jana Gallardo…”.

“Soy el padre de Jana, ¿quién eres?”, me respondió un hombre con los ojos rojos de llorar. Me dio la impresión de que debía de ser un señor con mucho carácter e, incluso, con bastante mal genio, aunque en estos momentos, era todo vulnerabilidad. Con todo el tacto del que fui capaz e intentando no dejarme contagiar por su emoción, le expliqué que era Tamara Vázquez, periodista, que trabajaba en un periódico universitario y que estábamos tratando de localizar a todos los estudiantes que esa mañana viajaban en los trenes. Nuestra intención, continué, era contar al resto de alumnos la historia de cada uno de los afectados. Lo haríamos de la mejor forma que supiéramos y, yo, personalmente, si él me lo permitía, escribiría sobre su hija y lo haría, de corazón, con todo el respeto.

Lo pensó durante unos segundos y me invitó a tomar asiento. “¿Estás buscando universitarios que fueran en los trenes? Pues ahí tienes otro nombre: Óscar Abril Alegre”, me dijo. “Bonito nombre”, pensé. Lo apunté en mi libreta y me acomodé a su lado. Había sido un milagro, pero Jana estaba estable dentro de la gravedad. Esa mañana viajaba en uno de los vagones que explotaron. La onda expansiva de la bomba le había producido una mancha negra en el pulmón. Tenía los tímpanos reventados y tres vértebras aplastadas. Según me dijo, le costaba recordar lo que había sucedido, pero era capaz de hablar y no parecía haber perdido facultades mentales. “Ahora está descansando. Hoy no puedes hablar con ella, pero si quieres puedes volver mañana. Asómate a su habitación, te acompaño a la puerta”, me dijo. Y allí estaba Jana, en un cuarto poco iluminado, rodeada de peluches. Dormía profundamente. Un cable le cruzaba la cara a la altura de la nariz y tenía dos sondas colgadas de sendos brazos. Sus piernas parecían hundirse en la cama, como si se hubiera quedado a medio camino entre dos mundos. Respiraba con pesadez. La escena me sobrecogió. Por fuera parecía en paz y, sin embargo, en ese mismo instante, su cuerpo estaba luchando por mantenerse con vida. Cogí una bocanada de aire y le prometí a Carlos Gallardo que volvería a visitarles al día siguiente.

Salí del hospital, cogí un taxi, saqué el móvil y dicté al periódico todo lo que había visto.

Al día siguiente, pasé por la redacción, completé mi texto y busqué en la lista de universitarios que estaban en los trenes el nombre de Óscar Abril Alegre. No estaba entre los supervivientes. Pregunté a mis compañeros qué sabían de él. Así descubrí que también era estudiante de INEF. Todos los días, solía coger el tren con su hermana pequeña, pero la mañana del 11 de marzo, ella se había quedado dormida y le dijo que cogería el siguiente Cercanías. Óscar subió a uno de los vagones donde los terroristas habían dejado las mochilas cargadas de explosivo. Tras la detonación, el tren quedó a la altura de la calle Téllez. El impacto le dio de lleno. Le acompañaba su novia, Jana Gallardo. Llevaban nueve meses juntos. Me quedé helada.

Los ojos de Carlos se humedecieron cuando le conté lo que había sucedido. Lo mejor sería que Jana no se enterase todavía. Me pareció que tenía que respetar la voluntad de su padre. Ese día estuvimos hablando durante horas. Los visité varias veces más, a la salida del trabajo. Hablábamos durante un rato en el hospital y, luego, Carlos solía llevarme a casa de mis padres. Las visitas se fueron espaciando, pero mantuve el contacto con ellos durante un tiempo.

A los seis meses, quedé para tomar un café con Jana en Coslada, su barrio. Ya estaba casi recuperada. Me confesó que supo desde el primer momento que su novio había muerto. No sólo porque recordó que tras la explosión sus ojos abiertos no registraban ningún movimiento, ni porque hubiera comprobado que ya no respiraba, ni siquiera porque el hombre que la ayudó a salir del tren le dijera que se olvidara del chico que tenía a su lado, que ella tenía que salir de aquel montón de chatarra. Sabía que estaba muerto porque le invadía un sentimiento de pérdida, como el dolor fantasma que siente el lisiado cuando imagina la pierna amputada. Con la diferencia de que ella sentía el dolor en el corazón. Charlamos durante un par de horas.

Cuando nos despedimos, la miré desde el autobús. Me dijo adiós con su pequeña mano y esbozó una sonrisa llena de tristeza. Seguía siendo una niña, pero ahora tenía la sensación de que Jana había envejecido diez años desde aquella cama de hospital que la engullía entre peluches.

Esos diez años han pasado ahora.

Escucho de nuevo cómo cuenta su historia en televisión una década después. La recuerdo con ella. La relato en voz baja. La revivo. Busco fotos de entonces y compruebo que Jana, Óscar y yo misma éramos sólo unos jóvenes llenos de vida. Esa vida que ha continuado. Como si nada. A pesar de los sueños, miedos y proyectos que se quedaron en las vías. Y me siento afortunada por no ser yo la que sale en pantalla. Por tener la obligación y la oportunidad de no olvidar. Como no olvido. Ni olvidaré nunca.


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8 comentarios en “Te recuerdo, Jana

  1. No puedo evitar emocionarme con esta historia, muy buen artículo.
    Buscar a Jana en las redes sociales, seguro que la encontraréis.
    De verdad, buen trabajo.
    Un saludo

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  2. Hola sobrina:
    Muy bonito y con mucha sensibilidad el articulo.
    Este es tu camino, sigue escribiendo que lo haces muy bien.

    Besos.

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  3. Hola Támara:

    Soy el “hombre” que ayudó a Jana a salir del amasijo de hierros en el que quedó atrapada, el que desgraciadamente tuvo que hacerla consciente de la gran tragedia que le había tocado vivir.
    Fue un gran palo para todos los que por lo vivimos en primera persona,algo que jamás se nos olvidará…aunque pasemos página y sigamos con nuestras vidas.

    Quiero agradecerte el artículo tan especial que le has dedicado. Y pedirte un gran favor: si vuelves a hablar con ella le des recuerdos de mi parte.

    Gracias por leerme.

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    1. Gracias a ti, Emlio. Me ha emocionado muchísimo tu comentario. He buscado en la agenda telefónica que tenía entonces y tengo el móvil de Jana (al menos, el número que entonces era el suyo). Si quieres puedo enviártelo por mail.
      Un saludo. Y, de nuevo, gracias.

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