Sara Mesa. Foto: Sonia Fraga
en la estantería, libros narrativa

Sara Mesa escribe sobre los hijos y las víctimas de ‘La familia’

Anagrama publica ‘La familia’, la última novela de la escritora y periodista Sara Mesa.

La familia es una de las instituciones más importantes de nuestra sociedad. En el mejor de los casos es nuestro hogar, nuestro refugio, un punto de apoyo cuando hay problemas. En otros, se revela como una cárcel, un entorno donde se sufre maltrato, represión o indiferencia. Sea como fuere, en su seno todos vamos moldeando una personalidad que nos es única y, como si fuéramos eslabones de una cadena, nuestra estructura mental ejerce una influencia arrolladora sobre las personas con las que convivimos. Porque, como refleja Sara Mesa en su última novela, somos hijos y víctimas del clan.

En su obra ‘La familia’ (Anagrama), la escritora española nos sienta frente a la figura autoritaria de un Padre -con mayúsculas- prejuicioso, déspota, férreo y que, sin embargo, se declara fiel seguidor de Gandhi. De modales exquisitos y perfeccionista, Damián, así se llama, trabaja en un despacho de abogados porque quiere «defender los derechos pisoteados de los más débiles». Pero, poco a poco, descubrimos que arrastra algunos complejos. No le gusta el barrio en el que vive, es bajito y su trabajo da la sensación de que es bastante irrelevante.

Damián parece convencido de gozar de una especie de superioridad intelectual y se esfuerza por inculcar en sus hijos y en su esposa una retahíla de principios y protocolos que los eleven por encima de la «vulgaridad» que los rodea. Los cuatro niños -Damián, Rosa, Aquilino y Martina, que es adoptada- no juegan en la calle, no pueden estar solos en sus dormitorios y no ven la televisión, porque no hay televisor al que mirar. Laura, la esposa, es más alta que Damián y se siente «grandullona» a su lado. Pero en el resto de comparaciones posibles ella aparece desequilibradamente pequeña.

«¡En esta familia no hay secretos!», es la primera línea que leemos tras el prólogo. En realidad, ese hogar es una olla a presión donde las palabras no dichas bullen a punto de estallar. El silencio es demasiado elocuente. Tampoco Mesa parece interesada en romperlo contándolo todo. Arma su puzzle recurriendo a elipsis temporales, saltos en el tiempo hacia atrás y hacia adelante. Su escritura, serena y profunda, construye capítulos que en muchos casos podrían funcionar como habitaciones aisladas de la novela, como cuentos sobre cada uno de los personajes. Así, capítulo a capítulo, habitación tras habitación, vamos delineando mentalmente el dibujo completo de la familia.

La forma con la que Mesa traza cada perfil no es siempre la misma. Por ejemplo, el pequeño texto que sirve de prólogo tiene una dimensión onírica, casi como si flotáramos entre las paredes de esa casa oscura y perturbadora, como si fuera un recuerdo lejano del que aún tuviéramos miedo. Miedo a desobedecer, miedo a decepcionar, miedo a ser nosotros mismos. Hay capítulos divididos, a su vez, en una serie de anécdotas gracias a las cuales conocemos varias facetas de un mismo personaje, como es el dedicado a Aquilino, el pequeño de los hermanos.

Además, hay escenas cotidianas que descubren a personajes que son auténticos extranjeros de esa familia, como la vecina del tercer piso, el tío Oscar y alguna antigua compañera de clase. Todos ellos simbolizan un mundo exterior, bullicioso, caótico y prolífico, que espesa aún más la atmósfera de un hogar revestido de maderas nobles, despojado de cuadros y huérfano de regalos de cumpleaños «por prescripción moral».

La escritora de ‘Un amor’, ‘Cicatriz’ o ‘Cara de pan’ vuelve a demostrar su capacidad para observar las emociones con precisión microscópica, lo que decimos y lo que callamos, lo que miramos y lo que preferimos no ver. De ahí la riqueza de sus diálogos y las complejidades y vacilaciones morales que agitan a sus personajes. Imposible reducirlos a buenos y malos, imposible juzgar sus comportamientos.

Con todo, según avanza la novela, sucede algo difícil de explicar. Porque ella escribe y nosotros, al leer algunas de sus páginas, nos leemos a nosotros mismos, como si una parte de nuestra intimidad, de lo que pensamos, hubiera sido descubierta. Nos sitúa frente a ese viejo espejo que teníamos en la casa donde nos criamos y de repente nos encontramos extrañamente reflejados. Muy lejos. Quizá algo deformados. Pero ahí estamos también. Maestría. O magia.

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La fotografía que acompaña este texto fue tomada por Sonia Fraga.

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(Antes que en el blog, este texto lo publiqué en Expansión)

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