cuentos, garabatos, grietas

Grietas (II): Maribel

Maribel se sentó junto a la ventana para descansar. Llevaba inmersa en el tercer capítulo de su novela desde hacía horas y necesitaba reflexionar sobre su protagonista. Le tenía especial cariño porque sentía que ambas eran la misma persona: alguien que durante años se había dejado llevar por la rutina hasta que, paradójicamente, la muerte de otra persona la despertaba de ese letargo. ¿Qué le pasaría ahora a su personaje?

La escritora dio un sorbo a su taza de café mientras pensaba en lo rápido que, en su caso, todo había cambiado. Hacía apenas dos años que Antonio, el amigo de su hermano, había fallecido atropellado por un borracho. En realidad ella casi no le conocía. Sólo habían coincidido en una fiesta de cumpleaños, pero aún así, su muerte le impactó mucho. Cuando Antonio murió, ella tenía 35 años, trabajaba en el mismo periódico desde hacía diez y vivía sola en un piso que había alquilado en el centro de Madrid. Aunque a su edad se suponía que ya debería haber formado una familia y pasarse los días hablando de pañales, suegras insoportables e hipotecas, Maribel no se sentía ningún bicho raro. Casi todas sus amigas estaban en su misma situación. Quizá porque casi todas eran también compañeras de trabajo y pasaban juntas diez o doce horas cada día. Aun así, Maribel sentía un vacío que su vida social (cada vez más escasa), sus viajes (cada vez más lejos) y sus ligues (cada vez menos y mejor seleccionados) no eran capaces de llenar. Todos los días eran iguales. Y todas las noches se prometía que ese cambio que su vida necesitaba y que parecía tan difícil comenzaría al día siguiente. Sólo cuatro semanas después de la muerte de Antonio, ese cambio por fin ocurrió. Maribel decidió dejarlo todo atrás y apostar por lo que el corazón le gritaba desde hacía ya demasiados años.

Ahora tenía 37. Miró por la ventana y sonrió al ver jugar a los niños del pueblo. La abrió para respirar el aire fresco del monte. En cuanto acabara el capítulo, saldría a correr un rato, pensó. La vida, ahora así, era casi maravillosa.

“¡Buenos días, Manolo! ¿Puedes guardarme una docena de huevos y luego voy al albergue a recogerlos?”, gritó al ver pasar a un vecino del pueblo. Por supuesto que se los guardaría. La vida en Rabanal del Camino era tranquila, austera, sin sobresaltos, sin estrés, el mejor lugar para escribir una novela. No era la única urbanita que había saltado al mundo rural. Varios pueblos de la zona, como Foncebadón, estuvieron abandonados durante décadas y era ahora, al calor del Camino de Santiago, cuando algunas personas estaban dejando una vida acomodada en la ciudad para intentar un nuevo comienzo más pegado a la tierra y al peregrino. No sabía si hacer que Lola, su protagonista, hiciera algo parecido y fuera a vivir a otro pueblo u optar por que se quedara en Madrid y dedicara su tiempo al que había sido su sueño desde la EGB: aprender a tocar el piano y componer sus propias canciones. La música sanaba las heridas. Elegiría este camino, pensó. Volvió a la mesa y se conectó a internet para investigar un poco antes de teclear sobre algo que desconocía.

Por las mañanas, Maribel intentaba escribir su libro. Reservaba un par de horas para hacer deporte y responder correos. Desde la hora de comer hasta que anochecía echaba una mano en el albergue de Ángela y aprendía todo lo que podía de los peregrinos. Había quienes eran unos máquinas resolviendo el cubo de Rubik o quienes dibujaban un Batman perfecto en cualquier pedazo de papel que encontrase por el suelo. Otros amenizaban los atardeceres tocando la guitarra o leyendo poesía. Todas las personas que pasaban por allí le descubrían sensaciones que Maribel iba anotando en sus cuadernos. A pesar de vivir en un pueblo pequeño, sentía que su vida volvía a tener tantas experiencias nuevas como cuando era niña.

Volvió a dar un sorbo a su taza de café. Se había quedado frío. “No voy a ser capaz de terminar este capítulo hoy”, se dijo, así que apagó el ordenador, se calzó las deportivas y salió a buscar fuera la inspiración.

Después de correr una hora, se dirigió al albergue de Ángela, cogió papel y bolígrafo y anotó algunas ideas. “No me digas que estás haciendo el camino corriendo”, bromeó un peregrino de barba blanca y sin macuto que descansaba en el mismo banco. Maribel se sobresaltó. No se había percatado de que hubiera nadie a su lado. Al verlo sonrió y le dijo que no, que era vecina del pueblo. “Vaya”, respondió el hombre mientras se desataba las botas, “¿y qué escribes?”. Maribel resopló mientras ponía en orden una respuesta. Luego se acomodó en el banco y le habló de su novela, de la muerte de Antonio y de todo lo que su vida había cambiado desde el fatídico accidente. El hombre escuchaba atentamente mientras se calzaba unas chanclas de Armani. “Aquí, en el Camino, hay muchas personas perdidas. Y tú pareces una persona cabal y analítica. Quizá deberías plantearte certificarte como coach para ayudar a otros. La mayoría de los peregrinos está aquí solo para tener tiempo para reflexionar sobre sus vidas y tu historia podría motivarles”, se incorporó para marcharse al parador de enfrente y le extendió la mano: “Ahí te dejo una idea muy lucrativa. Gratis. Y mi tarjeta, por si necesitas ayuda. Voy a ducharme”. Ella miró la tarjeta mientras el hombre se alejaba. Luego cerró los ojos, tomó aire y sonrió. Parecía un empresario de pacotilla, pero aquella idea no acababa de sonarle mal.

Al día siguiente la escritora volvió a sentirse incapaz de atender las lecciones de piano de Lola. Sólo pensaba en aquel señor. Algo resonaba fuerte en su interior, ¿pero qué? Quería ayudar a que otras personas superasen sus problemas, ¿pero cómo? Lola se cruzó de brazos y esperó a que Maribel le prestara atención. Su creadora hizo caso omiso y salió de casa, ¡otra vez!

— Ponme un kilillo de tomates- dijo según entraba en la frutería del pueblo.
— Qué raro verte tan temprano por aquí. ¿No estás inspirada o qué?- se extrañó Enric, el tendero.
— No sé. Hoy me cuesta un poco concentrarme- respondió ella sin hacerle demasiado caso. En realidad, ella no se veía capaz de poner en marcha nada, pero ¿y si Lola dejara el piano para montar una especie de gabinete de coaching? Así tendría la excusa para empezar a investigar sobre el tema. Lola protestó nada más escuchar ese pensamiento. No era justo, decía. Lola había decidido aprender a tocar el piano, pero no sólo eso. Quería viajar por el mundo con una mochila a cuestas. Quería conocer a muchas personas, probar todos los tipos de comida que pudiera. Quería volver a enamorarse y encontrar un trabajo sencillo con el que ganar lo justo para vivir. Soñaba con aprender a hacer pulseras de conchas de mar. Quería tocar la guitarra, chillar desde lo alto de un acantilado, llorar ante una puesta de sol… Pero su creadora parecía demasiado centrada en sí misma. No oía todo lo que Lola le pedía. Sólo cavilaba sobre cómo convertir a su alter ego en una emprendedora de éxito.

***

lola

¿Por qué me cuesta tanto escribir?, protestó Maribel. Hacía cuatro horas que había vuelto de la frutería y en ese tiempo no había terminado ni una sola línea. Cada vez que acababa una frase, pulsaba la tecla de suprimir texto hasta que este desaparecía. No conseguía que Lola fluyera. Era como si se resistiera. Quizá necesitaba darse más tiempo y esperar a que las ideas brotaran solas. Cerró el ordenador y, resignada, volvió al albergue. Lola aprovechó el receso para tratar de resolver su primer cubo de Rubik. No se quedaría en Madrid y mucho menos montaría una empresa. Eso no iba con ninguna de las dos.

Ángela no daba abasto con tanto huésped. De la cocina salían platos con chorizos, huevos, tortillas de patatas, bocadillos de lomo, raciones de queso, chuletas… Maribel se puso el delantal y le ayudó a servir las mesas. Deseaba que los comensales terminaran cuanto antes para charlar con ellos sobre la vida en el pueblo. Pero cuando acabaron de comer, los peregrinos se dispersaron en grupos. Esta vez ninguno parecía tener ganas de pasar la tarde dando palique a las pueblerinas. O así lo veía Maribel que, desanimada, acabó ayudando a Ángela a pelar las patatas de la cena.

La escritora llegó a casa pasada la medianoche. Abrió el portátil. Después de la muerte de su amiga de la infancia, Lola dejaría su trabajo. Con la indemnización se pagaría un máster en Dirección de Empresas en el que conocería al amor de su vida y, entre los dos, montarían la web Aura -que era el nombre de su amiga- para ayudar a que otras personas rehicieran sus vidas lejos del ruido de la ciudad. Ganarían mucho dinero…

La pobre Lola entristeció de golpe. Por un momento, y como si la sintiera, la autora se estremeció. Pero no paró. Maribel tecléo sin parar durante horas. Al alba, demasiado cansada para seguir pensando, se recostó sobre la mesa y quedó sumida en un sueño tan profundo como el mar con el que soñaba Lola.

lolaok

La joven aventurera comenzó a llorar. Tras unos minutos y abatida por el cambio de rumbo de Maribel, aprovechó que la escritora dormía para preparar su macuto. Llevaría sólo lo imprescindible para empezar: tres mudas, un bikini, dos pantalones cortos, tres camisetas y un cuaderno en el que narrar sus propias aventuras. Se colgó la mochila a la espalda y miró por última vez a Maribel antes de cerrar la puerta para siempre.

Cuando despertó a la mañana siguiente, Maribel se sintió deprimida. Una sensación de tristeza que creía olvidada se apoderó de su cuerpo, que había vuelto a pesar tanto como cuando vivía en Madrid. Encendió el ordenador, leyó las webs de los periódicos nacionales, repasó los comentarios que los usuarios habían dejado en su blog, investigó sobre cómo elaborar un plan de negocio, volvió a abrirse un perfil en las redes sociales… Pero no pudo escribir ni una sola palabra más. La hora de ayudar a Ángela llegó más rápido que nunca y, por la noche, de vuelta en casa, volvió a leer los periódicos, actualizó Twitter, se prendió un cigarro de liar y subió una foto a Instagram. “Vamos a ver qué es eso del coaching”. Sacó la tarjeta del peregrino. Emiliano Drake, presidente de Everlasting. Googleó la empresa y se acostó sin apenas acordarse de la novela. Quizá al día siguiente pudiera sacar un rato para darle una vuelta.

(Sigue la serie ‘Grietas’ entrando aquí)

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