El ERE

ere

—No puedes pedirme esto.

—Sólo te lo digo para que tú te quedes tranquila. Y para que ayudes a que esto sea lo más llevadero posible.

—Entiendo lo que me dices. Pero aparte de una compañera, estamos hablando de mi amiga. No puedo ocultarle que vas a despedirla…

Cogí mi cuaderno y salí del despacho con una sensación confusa. Que mi nombre no estuviera en la lista del próximo ERE me daba cierta tranquilidad, pero el estúpido de mi jefe no podía pedirme que traicionara a Teresa en favor de esa tranquilidad. Porque, desengañémonos, ese era el objetivo de aquella reunión: ganarse mi confianza y preparar el terreno para su despido.

Teresa y yo trabajábamos juntas desde hacía cinco años. Todavía recuerdo el día en el que se incorporó a nuestra redacción. “Chicos, os presento a Teresa. A partir de hoy nos ayudará a desarrollar y rediseñar la web del periódico. Sus referencias son excepcionales y estoy convencido de que sabréis hacerla sentir como en casa. Al fin y al cabo, esto no es más que eso: una gran familia”, nos dijo el jefe. Todo el mundo asintió con una sonrisa al oír sus palabras, pero en cuanto volvimos a nuestras tareas diarias, Teresa se quedó allí en medio, plantada sin saber bien por dónde empezar, cómo configurar su ordenador, con quién hablar para crear su usuario… “¿Necesitas ayuda?”, le pregunté. Y así nació nuestra amistad. Era nueva en la ciudad, así que empezamos a quedar para tomar cañas después del trabajo, ir al cine con amigos de la facultad, salir los fines de semana… Pasamos tanto tiempo juntas que lo sabíamos casi todo de nuestras respectivas vidas: por qué acabó mi relación con Ángel, qué camarero le gustaba del restaurante en el que comíamos los martes, cómo se llaman sus padres, cómo se llaman los míos, a qué se dedican nuestros hermanos, qué libros había leído ella, que nuevo blog había descubierto yo… Y no sólo eso: yo le enseñaba cómo se investiga una información y ella me echaba un cable con los estilos CSS y el lenguaje HTML.

—¿Qué quería ahora el pesado éste? —me preguntó Teresa en cuanto me senté en mi sitio.

—Nada, maja, lo de siempre: echarme la bronca por un reportaje. Dice que he dedicado demasiado tiempo para hacer semejante mierda —mentí.

—Joder, él siempre tan fino. A ver si un día de estos tiene la decencia de llamarte para darte la enhorabuena por alguna cosa… que encima, con el ERE a la vuelta de la esquina, estos comentarios no ayudan para nada.

—Ya, bueno, lo que tenga que ser, será. Quizá lo mejor fuera ir haciéndose a la idea, ¿no? Por si las moscas… ¡Que tampoco se acaba el mundo si me despiden!

—Bueno, sería una faena, pero me gusta que seas tan optimista. Es de las cosas que más me gustan de ti —me dijo—. Pase lo que pase, yo seguiré a tu lado. Me voy que se acerca…

Sonreí con dificultad y volví a mirar a la pantalla de mi ordenador. En realidad tampoco quería ser yo la que le diera la mala noticia. No me serviría de mucho. Quizá sólo me ayudaría a que me sintiera mejor conmigo misma y eso sería cruel y egoísta por mi parte. Al fin y al cabo, ante todo era mi amiga.

Un email nuevo llegó a mi bandeja de entrada. Era de Teresa:

“Tía, acaba de decirme el del comité que van a echar a nueve, ¡a nueve! ¿Te lo puedes creer? Yo no sé de dónde van a sacar a tantos. Al final nos toca a nosotras, ya verás. Nos largan con 20 días por año. Unos veinte mil euros”.

“Bueno, si te echan a ti, me voy contigo” —mentí por segunda vez.

“Y yo contigo. ¡Y montamos nuestro propio negocio! Que además de colegas, somos amigas. Oye, te dejo, que me llama el jefe. ¡Deséame suerte!”.

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